Antes de dejar a mis hijas en la escuela, regañe a una de
    ellas y cometí varios errores:
    Lo hice frente a su hermana. La compare con ella y luego le
    pedí tontamente que tuviera un buen día.
    Una se bajo y camino rápido, casi saltando de emoción de ir
    a la escuela, donde sobresale y es admirada. La otra llevaba
    los hombros caídos y caminaba casi arrastrando los pasos.

    Me sentí terrible. ¿Cómo podía esperar que tuviera un buen
    día, después de que le había lastimado su autoestima?
    Pensé: ¿Y ahora que hago? Ya entró a la escuela… no me
    queda mas que esperar a que salga para… hablar con ella.

    Mientras manejaba de regreso a casa, no podía dejar de
    pensar que una de mis hijas pasaría un mal día.

Quizás estaría distraída pensando en las tristes palabras que su padre le dijo. Vinieron varias
ideas para arreglar el daño. Finalmente hice un plan y lo lleve a cabo.

Llegue a casa y le escribí una carta. En ella explique los errores que había cometido y como me
dolía saber que la había lastimado. Le pedía perdón y le hice varios comentarios positivos y
verdaderos sobre lo especial que ella es. Le recordé porqué hay mucha gente que la quiere y
admira. Eso serviría para levantar su autoestima.

Llegue a la escuela y pedí que me dieran a mi hija por razones personales. A los pocos minutos
estaba frente a mí. Se miraba entre sorprendida y un poco resentida.

Me preguntó qué pasaba y le dije que necesitaba hablar con ella y que la invitaría a un café o
donde ella quisiera. Su primera pregunta fue, si su hermana vendría. Conteste que no. Luego
preguntó si su mamá nos acompañaría y conteste: tampoco. Se puso contenta de saber que era
un momento solo para ella.

Escogió un café caro y de moda. En el camino le entregue la carta. En ella le decía: “Estoy
dispuesto a detener el mundo, cada vez que sea necesario para estar a solas contigo y pedirte
perdón” (entre otras cosas).

La felicidad volvió a su inocente rostro, me dijo gracias con una gran sonrisa y dio un fuerte y
amoroso abrazo. Mis ojos se llenaron de lágrimas.

Pasamos un buen tiempo en el café. Pude explicarle de mejor forma lo que me había incomodado y
como todo era al final de cuentas para su beneficio. Ella comprendió y se comprometió de buena
gana con su parte.

Mientras caminábamos hacia la escuela, me volvió a agradecer y dio un abrazo de los que solo ella
sabe dar.

Nos despedimos y yo quede lleno de alegría, al ver que sus pasos ya no eran arrastrados, sino
apresurados y sus hombros estaban erguidos nuevamente.

"Gracias Padre, por haberme reprendido por medio de mi conciencia y ayudado a hacer lo
correcto. Gracias a Tu inspiración, hoy mis dos hijas, tendrán un gran día en la escuela".

Escrito por: Melvin Chacón.
VOY A DETENER EL MUNDO
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