Él era un joven que había vivido la vida muy rápido. A escasos 23 años, había tenido
    suficientes experiencias con “el mundo”, como para darse cuenta que ahí no estaba la
    felicidad. Abrió su corazón al evangelio de Jesucristo y su vida fue llena de paz y amor. Pero
    casi dos meses después, cometió el error de quedarse a solas con su novia, con quien en el
    pasado ya había tenido relaciones íntimas. Se confió, jugó con fuego y se quemó. Cayó en
    fornicación.

    Con mucha vergüenza, asistió a la iglesia a la mañana siguiente. Después de la predicación
    pasó al altar, a despedirse de Dios: “Señor, sabes que te he fallado y me siento muy
    avergonzado. He venido a despedirme. Gracias por el amor y la paz que me habías dado. No
    supe valorar nada, fui un cobarde y caí. Adiós…”

    A punto de irse, se volvió a poner de rodillas y le dijo a Dios: “quisiera pedirte un último
    favor. Dime ¿a donde puedo ir, que la pase más o menos? Ya que todo lo que conozco no
    se compara con lo que tuve aquí y, si ya no me puedo quedar, por lo menos recomiéndame
    un lugar…”

    En su corazón escucho una voz que le dijo: “No vas a ningún lado, aquí te quedas”. El movió
    la cabeza en forma negativa y le recordó a Dios que el ya no podía estar allí. Pero el Señor
    le dijo que como él estaba arrepentido, lo perdonaba y le daba una segunda oportunidad. El
    joven incrédulo de lo que Dios le decía, empezó a discutir con Dios: “Tu no me puedes
    perdonar, yo no cometí un pecado pequeño…”

    Pero Dios empezó a recordarle como El había perdonado a la mujer que había cometido
    adulterio, al Rey David, al apóstol Pedro y luego le dijo que lo mismo iba a hacer con el… y
    no sólo eso, sino que lo iba a restaurar y usar en el futuro, para que fuera y le dijera a
    muchos jóvenes, que El, era un Dios de segundas oportunidades…

    “Ahora si me volví loco” se dijo el joven. “Eso es imposible, Dios no puede estarme diciendo
    que me perdona y menos que me va a usar…” Pero en ese momento el amor, la gracia y
    misericordia de Dios lo abrazo, de tal manera, que se quebrantó y empezó a llorar. Su llanto
    fue tan fuerte y prolongado, que los hermanos no lo pudieron esperar más, dieron por
    terminado el servicio y salieron dejándolo sólo con el Señor.

    Aunque Dios lo perdonó aquella mañana, pasó mucho tiempo para que él se perdonara a sí
    mismo. Cuando lo hizo, empezó a predicar. En 13 años él le ha dicho a miles de personas
    que Dios… ¡es un Dios de segundas oportunidades!

    Y ahora te lo dice a ti: Si has pecado… Arrepiéntete de todo corazón y pide perdón a Dios.
    El es fiel y justo para perdonar tus pecados y limpiarte de toda maldad. El es ¡un Dios de
    segundas oportunidades!




    Escrito por: Melvin Chacón
Un Dios de SEGUNDAS Oportunidades
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